LA MÁSCARA DEL ALMA

LA MÁSCARA DEL ALMA[1]

La hipocresía es el acto de exaltar cualidades, ideas o sentimientos contrarios a los que en realidad se tienen. Por ejemplo, un adulto que fuma y les dice a sus hijos que no deben de fumar es un indicio de hipocresía. La hipocresía en realidad es una máscara del alma que oculta sentimientos controvertidos y consta de dos operaciones, a través de las cuales se manifiesta en los modos simple y combinado: la simulación y el disimulo. La simulación consiste en mostrar lo que se desea, en tanto que el disimulo oculta lo que no se quiere mostrar. Alguien que cree que tiene derecho a tener un amante pero que su cónyuge no tiene tal derecho, tiene doble moral. Sin embargo, alguien que condena todo lo relativo al adulterio pero lo comete, es hipócrita.

Muchos creemos que el ser “hipócrita” solo consiste en hablar a espaldas de los demás, cuando en realidad el ser hipócrita también engloba otras cosas. Como seres “sociales” tenemos que desenvolveros en diferentes círculos, llámese la escuela, el trabajo, los amigos, la familia, etc., y con personas que no necesariamente nos caen bien y, en este caso, para “sobrevivir” en este juego tenemos que tener varios roles, varias máscaras y en algunos casos hasta ser hipócritas, ya que necesitamos subsistir en este círculo social. Pensamos una cosa y hacemos otra bien distinta al respecto,  unas veces actuamos así por no hacer daño a los demás, otras por pura conveniencia, por comodidad… Vamos modelando nuestra manera de ser en función de lo que los demás esperan de nosotros. Pero las cosas no suceden así por casualidad. Al cabo de los años, vivimos circunstancias en que es más sensato y conveniente “maquillar” nuestro comportamiento, adecuarlo al contexto, ocultar nuestros verdaderos sentimientos, moderarnos en nues­tras res­pues­tas o amordazar nuestra espontaneidad en aras de una supuesta convivencia armoniosa.  Lo peligroso de este juego, el de las apariencias, el de los secretos y mentiras, es que muchos naufragan en él. Y sobreviene el vacío: “¿quién soy en realidad?”. Este fracaso, este desencuentro con uno mismo, puede deberse tanto a la pér­dida de la propia identidad personal (de puro jugar, se olvida uno de lo real, lo que queda tras la representación), como al desconcierto y el temor que nos asolan ante las situaciones difíciles. Y no es extraño, por­que las reglas, muy sutiles ellas, no están escritas, y las experiencias ajenas difícilmente sirven.

Estas representaciones actorales, asumidas con naturalidad por casi todos, no serán perjudiciales si mantenemos la cabeza fría y sabemos distinguir lo que pensamos, lo que hacemos y lo que, en definitiva, somos de verdad.

La Hipocresía es el resultado de una mala costumbre humana: tratar de quedar bien con todo el mundo

Crear nuestra imagen y consolidarla ante el exterior y ante nosotros forma parte del aprendizaje para la vida. A medida que crece la competitividad, lo hacen las comparaciones; de ahí la trascendencia de que cumplamos con el prototipo que entendemos se nos ha asignado. La duda surge cuando nos preguntamos si mi imagen exterior y mi comportamiento son los que los se esperan en mí. O, aún peor, cuando nos interrogamos si cumplimos nuestras propias expectativas, si nos gustamos realmente. A fuerza de creer que si no soy ese alguien que los demás “exigen” no seré nada, no me querrán o no me acep­tarán, puedo interiorizar esa imagen modelo, y acabar comportándome sin discernir si quien así actúa soy yo o mi proyección impostada.

Es como si mi yo y mi réplica se entremezclasen de continuo consiguiendo una fusión. La trampa radica en que, al final, esa mescolanza me resulte ajena, no sepa quién soy y, aún peor, qué quiero ser. O que la imagen que los demás se han hecho de mí (con mi colaboración y con sentimiento) sea tan distinta de lo que soy en realidad que surjan esos contrastes que pueden sumirnos en las dudas, o propiciar alguna crisis de identidad. La imagen que he fabricado me protege de mi yo auténtico y me impide el encuentro con él, obligándome a vivir constantemente desde el sentir ajeno.

Mi comportamiento, en suma, llega a no depender de lo quiero, siento o pienso, sino de lo que creo que en cada situación se espera de mí. Una manera de actuar que en lugar de regirse por el “yo así lo entiendo y así obro”, se guía por el “quedar a la altura de las circunstancias”, de las expectativas que hemos alimentado en los demás. El qué hacer queda supeditado a lo que intuyo que es “lo que ellos creen que debo hacer”.

La Hipocresía es el resultado de una mala costumbre humana: tratar de quedar bien con todo el mundo e, irónicamente, todo el mundo sabe que eso es imposible. Por lo tanto lo más importante para cada individuo es entender que lo mejor en la vida es ser auténticos y expresar lo que se siente en el alma, sin llegar a ofender a los demás.

Cómo encentrarnos mejor, desde noso­tros mismos:

Atendiendo preferen­temente a nues­tros sentimientos, gustos y raciocinios y prestando sólo atención relativa a las expectativas de los demás.

Recordando que el derecho de vivir según pensamos y sentimos, también ampara a quienes nos rodean.

No jugándonos a cada momento, sino reflexionando con cariño y espíritu crítico sobre nuestras decisiones.

Practicando la autoafirmación. No hemos de copiar planteamientos ni criterios ajenos. Los nuestros son válidos, mientras no se demuestre lo contrario.

Teniendo claro que cada decisión corresponde a un “aquí y ahora” y que podemos cambiar de opinión. Y de manera de actuar.

Aceptándonos, queriéndonos y gustándonos tal cual somos. Asumiendo nuestras contradicciones e intentando mejorar cada día.

Siendo cada uno nuestro mejor amigo, para poder llegar a ser un auténtico amigo de los demás. De quienes nos aprecien por cómo somos en realidad.

Reconociendo que criticar a los demás por lo que uno mismo hace es un acto de falsedad que atenta contra nuestra misma esencia, ya que nos negamos a ver en nosotros mismos los defectos que criticamos en los demás.    

LA MÁSCARA

“Cada vez que me pongo una máscara para tapar mi realidad, fingiendo ser lo que no soy, fingiendo no ser lo que soy, lo hago para atraer la gente.

Luego descubro que solo atraigo a otros enmascarados, alejando a los demás, debido a un estorbo: la máscara. Uso la mascara va evitar que la gente vea mis debilidades; luego descubro que al no ver mi humanidad, los demás no me quieren por lo que soy, sino por la máscara.

Uso una máscara para preservar mis amistades; luego descubro que si pierdo un amigo por haber sido auténtico, realmente no era amigo mío, sino de la máscara. Me pongo una máscara para evitar ofender a alguien y ser diplomático; luego descubro que aquello que más ofende a las personas con las que quiero intimidar, es la máscara.

Me pongo una máscara, convencido de que es lo mejor que puedo hacer para ser amado. Luego descubro la triste paradoja: lo que más deseo lograr con mis máscaras, es precisamente lo que impido con ellas.”

Wanda Valcarcel


[1] ultimasnoticias.us

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One Response to LA MÁSCARA DEL ALMA

  1. Despropósito: “lo que más deseo lograr con mis máscaras, es precisamente lo que impido con ellas”

    La vida es muy corta para permitirse el lujo de ir con máscaras.

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