LOS OTROS COMO ESPEJO

 

La imagen que una persona tiene de sí misma se forja con el reflejo que recibe de los demás. Aprender a reconocerse en ese espejo permite crecer y mejorar como personas.

 Observar el círculo de amistades de una persona y la manera en que se relacionan con los demás brinda información de primera mano sobre su forma de ser. “Dime con quién andas y te diré quién eres”. Dice el saber popular. Cada ser humano tiene un modo particular de relacionarse, un tipo de personas con las que sintoniza con mayor facilidad, así como otras que le generan inseguridad o rechazo. Profundizar en esta cuestión permite conocerse mejor y responder a la pregunta ¿quién soy yo?

Las personas se parecen a las neuronas: necesitan estar integradas en una red para ser eficaces. La familia, los amigos, los compañeros de trabajo, incluso esas pequeñas y triviales interacciones que entablamos cada día, conforman esa trama relacional de al que formamos parte, y en la que los intercambios y la información fluyen sin cesar.

Este espacio de interacción es ante todo un lugar de aprendizaje. A través de las relaciones asimilamos los múltiplos aspectos que organizan la socialización.

Las personas con quienes nos relacionamos pueden actuar como un espejo que refleja quiénes somos. Primero, porque con sus comentarios, críticas, elogios, etc., nos devuelven una imagen que no siempre es fácil de mirar. Segundo, porque observando lo que nos despiertan los demás es posible descubrirse a uno mismo.

En la relación participan dos. Una tendencia común lleva a juzgar rápidamente a los demás. Se suele pensar: esta persona me gusta, me hace sentir bien, pero aquella me irrita y no me conviene. Es la postura más fácil. Mucho más difícil es preguntarse: ¿Qué dice de mí esta relación?, ¿por qué no logro entenderme con esta persona?, o qué hace que me resulte tan fácil relacionarme en esta situación?

Una relación siempre es cosa de dos, por eso, tanto si existe un conflicto como una buena conexión, algo está poniendo cada persona de su parte.

Identidad y relaciones. Tenemos por tanto la capacidad de crear nuestras relaciones, pero al mismo tiempo las relaciones nos crean a nosotros. La identidad  personal va unida a la red familiar, profesional y social a la que se pertenece y son las personas con las que nos relacionamos las que contribuyen a crear nuestra realidad. La imagen que una persona tiene de sí misma se forja con el reflejo que recibe de los demás. Un ambiente escaso en valoración suele tener como resultado una persona con poca fe en si misma, mientras que el reconocimiento es un alimento para la autoestima.

El espejo negativo y positivo. Las críticas y los elogios son las dos caras de una moneda. La primera refleja los aspectos personales molestos o conflictivos para los demás. La  otra muestra aquello que otras personas resaltan como positivo. “En cierto grado somos lo que los demás perciben en nosotros. Tanto lo que ven nuestros amigos como lo que advierten nuestros enemigos”. En general, no resulta fácil escuchar críticas, pero lo que es más sorprendente es que muchas personas se sienten incómodas cuando reciben elogios. Sin embargo, tanto del reflejo negativo como del positivo es posible extraer una información valiosa sobre uno mismo.

Disipar los puntos ciegos. Que las opiniones ajenas actúen como impulso o como freno depende del que emite el mensaje y el que lo recibe. Una actitud defensiva hará rebotar inmediatamente esa imagen que se recibe de las personas del entorno y privará a su vez de la oportunidad de aprender de ella.

Los demás pueden advertir cosas que para uno mismo pasan inadvertidas.

Compartir esta visión recíproca ayuda a ganar una perspectiva más amplia, dado que todas las personas tienen puntos ciegos. Cuando se utiliza este intercambio de pareceres de manera natural es posible convertir la relación en un espacio que permite enriquecerse mutuamente.

Una percepción subjetiva. ¿Qué provoca que se sienta admiración hacia algunas personas y rechazo hacia otras? ¿Por qué a veces lo que resultaba atractivo en un inicio, con el tiempo puede llegar a aborrecerse? ¿Qué cambia realmente: la persona o nuestra percepción de ella?

“las opiniones que tienen las personas sobre el mundo son también una confesión de su carácter” Ralph Emerson

Al construirnos una imagen y una opinión de los demás, a menudo se olvida que los estamos observando a través de unas lentes bien particulares: las nuestras, que son diferentes a la de cualquier otro.

Virginia Satir, explicaba que cuando dos personas se encuentran e inician una conversación, nunca llegan vacías a la relación. Cada  una aporta una determinada forma de pensar, una historia personal, sentimientos, miedos, deseos, expectativas… y todo influye en cómo se valora y percibe al otro.

Que proyectamos en los demás? Aquello que más molesta de los demás, lo que más se critica y detesta, la soberbia, el egoísmo, la apatía…, también habla de uno mismo. Fue precisamente Freud el primero que planteó la existencia del mecanismo de proyección en las relaciones. Según éste, los aspectos negados en uno mismo, aquellos con los que no nos queremos identificar, aparecen reflejados en el exterior, en los demás.

Se tiende así a rechazar en otras personas aquello que no se quiere ver en uno mismo, mientras que se admira lo que apetecería poseer pero creemos no tener. Por eso resulta interesante observar a las personas que más nos irritan  o cautivan y preguntarse si eso que parece tan detestable o tan fascinante hemos podido mostrarlo en cierta forma en alguna ocasión.

Alguien, por ejemplo, puede descubrir que la pereza que tanto critica en los demás tiene que ver con su propia angustia a perder el tiempo, y que, aunque lo disimule, en más de una ocasión se ha relajado más de la cuenta. Otra puede observar que le atraen las personas seguras y comunicativas, precisamente por ser aptitudes que cree que le faltan. Pero si busca en su pasado, seguramente encontrará situaciones en las que se habrá mostrado también segura y expresiva, lo que puede ayudarle a desarrollar esas cualidades. Los demás, por tanto, actúan también como un espejo donde se proyectan aspectos personales. Observarlos fuera puede ser una oportunidad para reconocerlos e integrarlos en nuestra persona.

Igual dentro que fuera. Al final de   esta exploración por el mundo de las relaciones es posible descubrir que en la práctica no existe una división rígida entre uno mismo y los demás. En nuestro interior coexiste los contrarios, dado que somos tanto valientes como cobardes, a veces amables y otras huraños, y eso nos da una visión más flexible del género humano.

Otro descubrimiento importante es que una persona suele relacionarse con las demás tal y como se relaciona consigo misma. En el mundo interno y externo se producen de hecho las mismas pautas de interacción. Fuera somos un individuo en relación con otros individuos. Dentro, en nuestro interior, existen diferentes partes de nuestra persona en continua relación, que también pueden entrar en conflicto o llegar a acuerdos.

Así por ejemplo, quien es muy severo e inflexible consigo mismo, también suele relacionarse de manera exigente con las otras personas. Del mismo modo.

Cuando alguien logra conocerse mejor y tratarse con mayor respeto y amabilidad, traslada esa comprensión hacia los demás.

“El reflejo de uno mismo es la escuela de la sabiduría”.

Aprender a reconocerse en el espejo que nos ofrecen los demás permite utilizar el espacio de interacción para crecer y mejorar como persona.

Cristina Llagostera.

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